martes, 11 de mayo de 2010

Soledad

Algo asomaba por el costado de Soledad, no llego a ver muy bien que era y apenas si creyó reconocer la forma de un hilo fino color gris, en un lugar incomodo donde picaba bastante. Con mucha precaución fue tanteando el sitio exacto donde se ubicaba, intento rasparlo, tirarlo y encontrar su origen, quizás sea parte del pullover que llevaba puesto pensó, que pese a ser rosa podría llegar a tener algún despistado hilo que se colara en la costura de imprevisto. Lentamente fue tironeando hasta sentir que su piel también lo hacía, se debe haber pegado con algo supuso, pero siguió en su tarea hasta ver que cada vez era más fácil despegarla de su cuerpo. Pronto el hilo fue creciendo en tamaño y Soledad se sintió floja, sus piernas empezaron a adormecerse y cuando la madeja había llegado a sobrepasar todo el hilo que podía mantener en una de sus manos, su piel entera cayó haciendo un ruido indescriptible en el suelo desplomándose a sus pies. Desesperada miro desde arriba la extensa superficie de piel que segundos antes la cubría, se acerco con cautela y temor, pero observo en lo que solía ser su rostro una tristeza profunda que antes nunca había notado. Con la mano libre tanteo la montaña de piel sin emitir un solo sonido, tal vez eso la habría matado o desatado algún acontecimiento peor al que ya estaba viviendo. No sentía dolor, ni el llanto lograba irrumpir de sus ojos. Absorta en la tarea de descubrir que había pasado, se dejo llevar agachándose para alzar aquel cuerpo triste una última vez, pero al acercarse algo llamo su atención. Dio vuelta con cuidado la fachada de su cuerpo y atrás había otra mujer, con sus mismos rasgos, sus mismos lunares y unas mejillas rojas inconfundibles, que sin embargo era muy diferente a la que conocía de todos los días, a pesar de poseer una figura tan familiar. Algo distinto brillaba en aquella mujer que vivía en su revés, una gracia que hasta ahora no había podido ver con tanta claridad, un brillo inconmensurable que irradiaba una virtud desconocida y particular que solo durante breves momentos hasta ahora había sido capaz de vislumbrar. Soledad era reversible y esa noche opto por dar vuelta su vida, su cuerpo y su alma para convertirse en alguien distinta. Esa misma noche con una aguja y una sonrisa fue cociendo cada parte de su anatomía, para volver a redescubrirse de a poco en aquella otra mujer que recién llegaba a conocer pero siempre estuvo ahí, tan cercana, mirándola desde adentro mientras esperaba ansiosa que algo o alguien encuentre el hilo de su verdadera costura que le permitiera dejarla, de una vez por todas, salir a jugar.

2 comentarios:

Federico Manuel dijo...

Con tantas visitas como tienes, y la calidad de tus entradas, ¿¡cómo es que no tienes comentarios1?

Sé que no necesitas apoyo, pero también sé que se agradecen unas palabras amables...

Un abrazo.

Meche dijo...

Azul. El tacho que pateaste era azul.